Cresta Salenques-Tempestades al Aneto

Todo empezó con un chat intrascendente con Estalentao, entre mensajes banales. Se me ocurrió de repente y se lo dije: “vámonos a hacer la Salenques-Tempestades“. Nada que hacer, no se veía metido en harina y, además, la logística familiar era compleja. “Quedemos más adelante para hacer algunas más sencillas primero”, me dijo, y me pareció bien.

Poco después, el viernes 19 de agosto, saltaba a las 13:28 en interior del AVE de las 13:30 a Zaragoza. Me acompañaba la mochila repleta de material y un par de reseñas. En la estación de Zaragoza me encontraría con Jose Luis, que venía también en tren desde Valencia, y con Santi, Estalentao, quien pasaría a recogernos al salir del trabajo. El plan era sencillo: dormir esa noche en el collado de Salenques, escalar la cresta el sábado hasta el Aneto, hacer vivac en la cumbre y bajar tranquilamente el domingo de nuevo a Zaragoza. Ese era el plan, impecable, perfecto, como todos los planes.

El devenir, lamentablemente tiene siempre otro itinerario, por lo general muy diferente a los planes perfectos que trazamos nosotros. Escalamos la Salenques-Tempestades, sí, pero no fue tan fácil ni tan redondo. Fue un lío bastante interesante pero eso sí, con final feliz.

Recogiendo cuerdas en la cumbre del Aneto. Foto: Jose Luis
Recogiendo cuerdas en la cumbre del Aneto. Foto: Jose Luis

Cuando llegamos al parking del autobús, en Benasque, después de salir de Zaragoza mucho más tarde de lo previsto por innumerables motivos, leímos en el horario que el último salía a las 20:30, eran las 20:15 y las mochilas estaban tal y como habían viajado desde Valencia, Madrid y el sótano de Santi. En un tiempo récord organizamos todo el material sin apenas olvidar nada (lo comprobaríamos después satisfechos), nos subimos al autobús que, afortunadamente, llegó con unos minutos de retraso y comenzamos a caminar desde el Plan de la Besurta. ¡Cómo pesaban las mochilas!.. y la total ausencia de forma física, claro.

A las 24:00, exhaustos por el largo día y en especial por el acarreo de las mochilas, decidimos hacer vivac convencidos de que no debe faltar mucho para el collado de Salenques. Ingenuos.

Preparados para sufrir. Estalentao, Jose Luis y yo
Preparados para sufrir. Estalentao, Jose Luis y yo

Al día siguiente muy animados empezamos el día y, al poco, tuvimos el primer embarque por no retroceder desde un torrente al que nos acercamos para cargar agua. El resultado: más de una hora perdida para acabar en el mismo punto del que habíamos partido. Cuando alcanzamos el collado de Salenques estábamos hartos de andar por la pedrera, sofocados por el calor y convencidos de que era muy tarde ya. Efectivamente, tan tarde que no nos metimos en la cresta propiamente dicha hasta las 13:30. Para entonces, nuestro objetivo ya era llegar tan sólo al Tempestades y vivaquear allí.

Un rato después, tras alcanzar la primera cumbre de la cresta, la Forca de Estasen (3.028 m.), y probarnos trepando un poco, Santi decidió bajarse. Estaba convencido de que no iba a ser capaz de afrontar en condiciones todo el trayecto y, tras meditarlo entre los tres un poco, decidimos continuar Jose Luis y yo y encontrarnos con él el domingo en los portillones o en La Renclusa. Mientras Santi iniciaba el descenso, Jose Luis y yo, conscientes de que íbamos fatal de tiempo, empezamos a correr por el tramo fácil inicial de la cresta.

Jose Luis en el segundo gendarme
Jose Luis en el segundo gendarme

Poco nos duró la euforia porque enseguida alcanzamos el primer gendarme que se salva con pasos de escalada. Me tocó a mí iniciar la escalada, probando con las botas, y no encontré excesivas dificultades más allá del miedo escénico. Luego otro largo de Jose Luis, esta vez ya con gatos y con un “paso tonto” y, voilà, ya estábamos metidos en el berenjenal. Desde ese momento, no volveríamos a desencordarnos. En ensamble o a largos, con botas o pies de gato, hicimos todo el trayecto ya con la cuerda desplegada, el arnés y el casco puestos y el material tintineando en nuestra cintura.

Pero ¡oh fortuna!, cuando íbamos cogiendo ritmo, la tormenta que @digitalmeteo me había predicho de madrugada se adelantó y empiezó a llover. Incrédulos, nos detuvimos un rato para, en un respiro de la tormenta, retomar la escalada. Fue infructuoso y, antes de terminar el largo recién reemprendido, la lluvia era constate, los truenos sonaban con fuerza y mi piolet zumbaba en mi nuca como una antena pararrayos incorporada.

Esperando que amaine la tormenta
Esperando que amaine la tormenta

Alcanzamos a una cordada que nos precedía y que había montado un “chiriguito” de fortuna con los aislantes. Nos ofrecieron hueco amablemente y nos acomodamos con ellos hasta que, esta vez sí, dejó de llover definitivamente. Afortunadamente la roca estaba relativamente practicable y se secaba rápidamente gracias al aire. El cielo se abrió y aún pudimos hacer un largo más hasta alcanzar una magnífica repisa, qué digo repisa, un chalé colgado que, otros antes que nosotros, habían utilizado para dormir con el Margalida como centinela.

Vivac cerca del Margalida
Vivac cerda del Margalida

Al día siguiente rápidamente alcanzamos la cumbre del Margalida (3.241 m.) que, rápidamente también, abandonamos para intentar llegar cuanto antes al Aneto. Todavía pensábamos que podríamos llegar no demasiado tarde. Sin embargo la cresta es mucho más trabajosa de lo que imaginábamos. Avanzamos muchos tramos a largos, siguiendo el croquis que, aunque escueto, por fortuna era bastante certero. Otros tramos podríamos haberlos avanzado en ensamble, pero tenemos poca práctica y, la verdad, preferimos no arriesgar, así que lo dejamos para los tramos menos verticales aunque algunos pasos, incluso en horizontal seguían siendo delicados y aéreos. El resultado era que íbamos lentos.

Nos alcanzó una cordada en la que un chico, estudiante de Guía, llevaba en corto a una chica amiga suya. Ambos se movían bien y él parecía muy tranquilo. Yo sufría porque, a pesar de todo, me parecía muy arriesgada la técnica. Pero es cierto que iban más rápidos.

Travesías con ambiente hacia el Tempestades
Travesías con ambiente hacia el Tempestades

Después de unos largos de escalada, y un embarque que protagonicé por empecinamiento, alcanzamos por fin la cumbre del Tempestades (3.290 m.). Desde ahí la arista ya parecía muy sencilla, aunque quedaba todavía un largo trecho. No perdimos mucho tiempo en la cumbre y comenzamos a andar por la arista llena de bloques, pero ya bastante amplia. Estábamos muy altos, llevando mucho peso y después de dos días escalando con muy poca agua (menos mal que los chicos que nos adelantaron nos ofrecieron un par de tragos), así que nos sentíamos pesados caminando hacia la cumbre del Aneto que es muy alta y muy lejana.

Por fin, el Aneto es el siguiente
Por fin, el Aneto es el siguiente

Por fin, sin apenas comer y casi sin agua, a las 19:00 llegamos a la cumbre del Aneto (3.404 m.). Era muy tarde y estábamos agotados, pero seguíamos pensando que, aunque fuera de madrugada, era viable alcanzar el valle. Así que comimos un poco más, recogimos el material y nos lanzamos hacia el paso de Mahoma, que nos pareció un juego de niños. Poco después, alcanzábamos el glaciar y encontrábamos un torrente fresco de deshielo que nos permitía beber hasta hartarnos y llenar las cantimploras.

¡Cumbre del Aneto por fin!
¡Cumbre del Aneto por fin!

Procedimos con el ritual de crampones y piolets e hicimos llamadas varias para que todo el mundo supier que estábamos bien, pero no conseguimos hablar con Santi. No tenía cobertura.

El glaciar se nos hizo eterno y seguíamos las huellas como autómatas intentando estar muy atentos a posibles grietas, aunque lo avanzado del verano hacía que todas estuvieran bien a la vista. Al final del glaciar las huellas se dispersaban a diferentes collados y nos dimos cuenta de dos cosas poco agradables: no reconocíamos el Portillón (yo nunca había subido o descendido por ruta normal y hacía muchísimos años desde que lo había hecho Jose Luis) y empiezaba a bajar rápidamente la luz. Decidimos seguir unas huellas que terminan en la base de un collado que, pensamos, podría ser el Portillón. Al alcanzarlo, casi ya sin luz, no lo teníamos claro y llamamos a Toni, otro amigo que había andado por allí el fin de semana, por si podía aclararnos algo. La conversación fue extraña y no nos aclaró mucho, pero al final nos lanzamos hacia abajo.

La bajada resultó ser infernal, todo se caía, el suelo era arena con piedras sueltas y la inclinación excesiva. Obviamente no era el Portillón. Se estrechaba muchísimo y, además, había una barrera de picos a la derecha, donde debería estar la Besurta y Aigualluts. Después de girar un recodo, apareció al fondo el Ibón de Cregüeña, lo que confirmaba el error. Como no había cobertura pensamos que lo mejor era llegar al ibón y bajar por la carretera al valle pero, después de una hora saltando entre bloques gigantes sin saber muy bien qué dirección llevábamos, decidimos pasar otra noche. Era un desastre y todo el mundo estaría preocupado, pero no teníamos otra opción salvo, quizá, volver a subir con la noche cerrada la terrible canal que acabábamos de bajar.

Amanece después de un incómodo vivac
Amanece después de un incómodo vivac

El vivac fue muy incómodo y, al menos yo, no dormí apenas. Nos pusimos en marcha después de un frugal desayuno y un buen, y duro, rato después estábamos en el collado de nuevo. Hicimos llamadas a todo el mundo. La mitad estaban cabreados y nuestras mujeres especialmente preocupadas. Bueno, ya estaba todo el mundo avisado y ahora sólo quedaba bajar. Claro, sólo eso.

La Renclusa
La Renclusa

El descenso fue interminable y la brutal retirada del glaciar ha dejado un tedioso camino entre bloques gigantes hasta el Portillón. Jamás lo habríamos encontrado la noche anterior. El descenso hasta La Renclusa era largo y confuso, pero la comida maravillosa y el trato del personal, que nos recibió al saludo de “Vosotros sois los de Santi.. ¡qué preocupado estaba ayer el pobre!”, absolutamente exquisito. ¡Muchas gracias!)

Descansamos y consumimos todo lo que nos quedaba por comer y nos echamos en la litera con un par de chatos de vino para celebrar la escalada. Tras la mala noche en la litera (¡qué calor!), cerramos el episodio con algo de fortuna y madrugando mucho para enlazar autobuses desde la Besurta hasta Zaragoza. Con fortuna y con la inestimable ayuda y amabilidad del conductor del autobús que no sólo nos llevó rápidamente hasta Benasque (sin cometer imprudencias), sino que avisó por radio al conductor del autobús a Zaragoza para que nos esperara. ¡Gracias!

La piada de la ascensión que dejamos en La Renclusa
La piada de la ascensión que dejamos en La Renclusa

El resto ya es otra historia.

4 Comments

  1. En días como este se comprende la incertidumbre de madres y esposas.

    Te aseguro que hacer de “Community” a las dos de la mañana, intentando que la intranquilidad propia no se entrevea, también es parte de la aventura.

    Relaja salir del [modo MADRE] sabiendo que todo está bien.

    Espero que os sirva para vivir de “rentas” unos cuantos años.

  2. Gracias Santi por tu paciencia y a ti Ramon por acordarte de vez en cuando de llevarme a alguna aventurilla de estas. Hace mas de cinco años que la tenía en la lista. Viote !!!

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