Hielo con amigos en la boca norte del túnel de Bielsa

Teníamos el plan el último fin de semana de enero: intentar hacer hielo “deportivo” para entrenar y consolidar nuestro nivel de escalada invernal. El núcleo duro éramos Vlady y yo, y estábamos intentando liar a unos cuantos amigos. Finalmente, entre la mala predicción meteorológica y diversos desencuentros de agenda, el grupo se quedó en cuatro personas: Vlady, Rober, Nell y yo y el objetivo: las cascadas de fácil acceso de la zona del túnel de Bielsa.

El inicio fue complejo porque teníamos que coincidir todos en algún lado, con diferentes horarios y cada uno saliendo desde una punta de Madrid. Y para colmo, descubro que mis crampones de hielo están rotos: el vástago que une la varilla central y la parte delantera del crampón está cizallado a la altura de la rosca y no parece fácil encontrar un tornillo de sustitución. Así que tengo una estupenda idea: ir a comprarme unos crampones nuevos, como ya tenía previsto hacer un poco más adelante. El premio de consolación era un repuesto, pero buscaba los nuevos Cyborg de Black Diamond. Al final no pudo ser y me tuve que conformar con unos magníficos Rambo 4, de Grivel que luego funcionaron estupendamente todo el fin de semana y que, ahora, estoy convencido de que son mejores que los que buscaba inicialmente.

Emplazando un tornillo en el resalte del fondo. Foto: Vlady
Emplazando un tornillo en el resalte del fondo. Foto: Vlady

No obstante eso, que llevó más tiempo del deseado, se unió a que le di mal las indicaciones del punto de encuentro a Vlady para que yo solito fuera la causa de una salida con bastante retraso. Y para redondar, un error de itinerario y una copiosa nevada en el Puerto de Cotefablo nos dejó en el Refugio de Pineta pasadas las cuatro de la madrugada. Tras meter Rober y yo un pie cada uno en un charco cercano al refugio, conseguimos meternos en las literas, dejando a Vlady y a Nell en la furgoneta.

El sábado en Pineta. Foto: Vlady

Evidentemente no madrugamos.

Como estaba previsto, hay mucha gente en la boca norte: fácil aproximación y hielo seguro. Aún así, encontramos un hueco en los resaltes del fondo: una columna convertida en “free standing” porque se ha roto en la base es nuestro primer objetivo. Aunque parece bastante vertical al principio me animo a intentarlo porque es un tramo corto. Funciona. Me siento bastante seguro colocando los tornillos y disfrutando de un hielo de bastante calidad, poco estalladizo y gancheable por las huellas de las cordadas anteriores.

Detrás de mi escala toda la tropa. Para Nell y Vlady es la segunda o la tercera vez y para Rober, la primera vez después de la aventura del Ben Nevis. Parece que todos tienen buenas sensaciones y lo disfrutan. Vlady, más aguerrido decide con unos pocos tornillos que no hemos gastado darle a un pequeño resalte vertical a la derecha que luego recorre una rampa de unos 60º de hielo y algo de nieve encima hasta la reunión. Lo resuelve sin problemas y luego lo probamos Rober y yo también de primero. Para Rober supone un agradable reencuentro con la escalada en hielo de primero que disfruta y le devuelve confianza perdida.

Nell en los resaltes del fondo aguantando la nevada. Foto: Rober
Nell en los resaltes del fondo aguantando la nevada. Foto: Rober

El día se cierra con una buena velada de refugio y un copioso menú. Todos terminamos durmiendo dentro de él, después de reponernos del susto que nos dieron llamando a voces a Vlady para ponerse al teléfono.

El domingo iba a ser corto pues, de nuevo, nos abstuvimos de madrugar y, además, teníamos que volver pronto a Madrid. Pero abandonamos los últimos el Refugio de Pineta, donde nos ofrecieron un trato exquisito y una estupenda cena, para acercarnos de nuevo a la boca norte del túnel con La Dorada en mente.

Rober peleando con los últimos tramos de La Dorada. Foto: Nell
Rober peleando con los últimos tramos de La Dorada. Foto: Nell

Al llegar estaba libre, así que me metí sin pensarlo demasiado no fuera a arrepentirme. Esta vez ya estábamos hablando de una escalada seria y no de un resalte de unos pocos metros.

Empecé bastante cómodo aunque el primer tornillo que emplacé no quedó “maravilloso”. La cascada estaba resultando algo trabajosa sobre todo porque mi nivel en hielo es escaso y mi hábito más, pero todo iba bien.. hasta que, al golpear, saltó un gran trozo de hielo y toda la cascada crujió sonoramente. Mi vecino de cascada, de una cordada que estaba en La Americana, a mi izquierda, también exclamó “¿lo has oído?”. Todos lo habíamos oído. Ante mis ojos había un corte de un par de dedos que separaba la parte por la que yo escalaba de la parte superior de la cascada. Así que me puse cómodo y emplacé un tornillo a mi izquierda que resultó difícil de enroscar: buena señal. Continué de puntillas y con más miedo que vergüenza hasta el descuelgue donde, por fin, respiré.

El resto del día discurrió entre fotos, aseguramiento al resto del grupo, quienes me elogiaban inmerecidamente al bajar porque me aprecian y, sobre todo, por su poca experiencia.

Entusiasmados por haber sacado petróleo de un fin de semana que pintaba mal, predecía mal (nevadas y lluvias) y empezó mal, nos volvimos a Madrid entre control y control de la policía buscando etarras.

Vlady en el último resalte de La Dorada. Foto: Rober
Vlady en el último resalte de La Dorada. Foto: Rober

Lo mejor, como siempre, la escapada con buenos compañeros y, en especial, con Rober con quién hacía mucho tiempo que no escalaba. Es un muy buen compañero de cordada y buen amigo al que le hacía falta un reencuentro feliz con la actividad invernal.

Primeros pasos en la Dorada. Foto: Nell
Primeros pasos en la Dorada. Foto: Nell

8 Comments

  1. No fueron los 2F. Esos son irrompibles, parece.

    Fueron los de hielo, de Charlet Moser. Creo que se llaman Láser, un modelo algo antiguo (del ’99). Se rompió un vástago y se los quedó Rober para repararlos y lo ha hecho (al menos eso me dijo con un SMS).

    Mi intención era venderlos para financiar algo la compra de los nuevos.

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