Sólo hablarán de nosotros cuando nos matemos

Y lo harán mal.

El título de este post es un homenaje a la excelente película de Agustín Díaz Yanes, Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, pero adaptado al caso: en los medios generalistas sólo se acuerdan de los alpinistas cuando se matan, y generalmente mal.

Para ser honestos, he de decir que también se acuerdan cuando alguien hace algo que suena espectacular aunque carezca de todo interés deportivo o montañero. Suelen funcionar cosas como Fulanito hace su trigésimo cuarto ochomil, aunque sólo haya catorce y los haya hecho por las rutas normales.

Y esta reflexión no es casual, claro. Viene a cuento de un artículo que he leído estos días en El Mundo sobre el reciente accidente del K2, de David Torres, autor de un libro con nombre de ochomil, que creo que incluso anda por mis estanterías pendiente de ser leído, y cuya relación con la montaña es más bien tangencial (como él mismo reconoce en su blog).

Tanto su artículo como su blog demuestran que su conocimiento es de oídas y me indigna personalmente que se erija en juez de cosas que desconoce. Es muy común que escribamos, juzguemos y valoremos desde el desconocimiento, pero sólo alguien que ha sentido el picor, la desazón y la llamada de la cima puede comprender por qué, a veces, asumimos el error a cambio de ella.

Es una estupidez, pero sólo a un número de personas que podría contar con los dedos de mi mano les permitiría juzgarme por ello.

Los accidentes casi siempre tienen origen en algún tipo de error, pero el tono de su artículo y de su post al respecto denota muy poco respeto por las víctimas, por el alpinismo en general y por todo aquel que no puede, en algún momento, resistir la llamada de la selva.

Afortunadamente, alguna voz autorizada se ha manifestado en favor de los montañeros expertos (que no señoritos) que erraron y pagaron por ello con su vida en el K2.

Quizá, algún día, la prensa deportiva o generalista, en estos días de verano en los que el periódico viene tan delgado, hable de los cientos de miles de montañeros españoles que no se matan.. e, incluso, de aquellos que llegan a niveles de excelencia internacional de otros grandes, sólo que no llegan a fin de mes.

 

Asumiendo riesgos razonables entre las dos cumbres del Swan
Asumiendo riesgos razonables entre las dos cumbres del Swan

 

 

Por cierto, muy diferente la cobertura de medios serios como el New York Times, con mención especial a su gráfico interactivo.

One Comment

  1. Dicen las normas de educación que; es una falta de respeto hablar mal de gente que no se puede defender.
    He leído el artículo, he leído la entrada del blog y he leído los comentarios, unos cuantos, me he cansado enseguida de tonterías, lugares comunes e insultos infantiles.
    No se puede juzgar a un alpinista por su “curriculum”, tenemos ejemplos conocidos, sabemos de gente que en altura responde mejor que otros “técnicamente” más preparados. La única posibilidad que tendríamos de valorar a alguien sería conociéndole, haciendo cordada, y, aún así, no podríamos estar seguros por completo.
    Tendemos a opinar, algunos, además, a sentar cátedra, sin tener la menor idea de lo que decimos. Supongo que será por lo acostumbrados que estamos a escuchar a “periodistas” y “contertulios” que saben de todo.
    Así que, voy a verter otra opinión, que viniendo de alguien que no se sube a un matojo está plenamente desautorizada.
    Está claro, si vas tarde al monte es posible que encuentres problemas a la bajada.
    También es cierto que, con la cumbre al alcance de tus manos, es muy difícil darse la vuelta, aunque granice. Y si en las montañas pequeñas, los problemas pueden ser grandes, qué no pasará en las montañas grandes.
    Sería el momento de citar a Kurt Diembergen, al que me permito (de nuevo es solo una opinión, mía además, que no pienso discutir con nadie) considerar voz autorizada, pero no recuerdo las palabras exactas, así que resumiremos: el gran error es la suma de todos los pequeños errores. Y a partir de cierta altura el cuerpo no responde igual, y el cerebro está dentro del cuerpo.
    Sigue habiendo dos clasificaciones de montañeros, los vivos y los muertos. Unos han tenido suerte, otros no. Unos han sabido bajarse (o han renunciado, o no se han atrevido, o han sabido hasta donde arriesgar,…), los otros no.
    Ojalá nunca se nos acabe la “suerte”.

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